Historia de un taxista: Mi hijo es inocente

Un señor muy amable es el que me tocó el día de esta historia. La conversación comienza con el cambiante clima de Bogotá. Cuando se espera un inclemente verano por causa del Fenómeno de la Niña, ha estado lloviendo en la capital colombiana. Luego hablamos del tráfico (otro tema intrascendente), que ese día en particular estaba “flojo” por todo lado, siendo día de semana y con regreso de la gente de sus vacaciones.

En algún punto del recorrido él recibe una llamada, menciona la palabra abogado. Cuando la termina, me dice: “Sumercé linda, es que me estoy bebiendo el trago más amargo de mi vida”. Dudo por un momento si seguir interrogándolo, el augurio de semejante frase, seguramente no me revelaría nada bueno. “La vida es difícil y nos pone a prueba a cada rato”, le dije, mientras me decidía si continuar. Mis dudas se daban porque sufro mucho con las situaciones tristes de los demás, me perdura más del tiempo normal el recuerdo de una mala circunstancia vivida por alguien,  pero opté por seguir.historia-de-un-taxista-mi-hijo-es-inocente

“¿Por qué se está bebiendo su trago más amargo?”. Pregunté. Él me responde: “Chinita. ¿Ve esa foto de ahí?”. Era una foto pegada en el parasol del copiloto en la que aparecían un hombre de unos 38 años de edad, cargando a dos niñas de alrededor de 9 años. “Ese es mi hijo, la de su derecha es su hija y la de la izquierda su sobrina. Mis nietas consentidas”.  No digo nada, solo observo la foto. Él continúa: “¿Si lo ve? Es un joven bien puesto, bien vestido (eso era cierto). Ese se arregla más que una mujer. Es juicio. Todos los días se levantaba temprano, desayunaba, se bañaba, se echaba harta loción. Buen muchacho. Pues, cómo le parece que lleva cuatro meses en la cárcel”.

¡Ay, qué  vaina!, le respondo. “Sí, chinita. Un muchacho inocente, porque él no hizo nada. Usted sabe, las malas amistades”.  Un mensaje contradictorio para mi, propio de un padre que en su inmenso amor paternal es incapaz de reconocer que su hijo cometió un delito. Así que le digo que los hijos llegan  a un punto en donde se salen de las manos de uno y se hace imposible saber en dónde y en qué están realmente.  Que como padres, pienso que hay un punto en el que hay que soltar y dejar de sufrir (por lo menos no tanto). Entonces, me lanzo a preguntarle el motivo por el que está en la cárcel siendo inocente.

llamada-extorsiva-historia-de-un-taxista“Por extorsión, imagínese”. Mis ojos han de haberse abierto mucho mientras me miraba por el espejo retrovisor, porque inmediatamente me advirtió que su hijo no era el autor intelectual, que el autor intelectual ya estaba en la Cárcel Modelo y que su hijo estaba en la estación de Mosquera, eso sí, esperando traslado. “¿Entonces, su hijo en qué participó?”, sigo con mi “interrogatorio”. “Él hizo llamadas, junto a otro amigo con el que creció en el barrio (me dijo donde vivía). Ambos están en Mosquera”.  El niño inocente de su padre, por ganarse la plata fácil – como el taxista mismo concluye – se dejó al parecer convencer de otro amigo para extorsionar entre los tres a su hermana. La hermana denunció y cogieron en flagrancia a su propio hermano. ¡Qué tragedia! Pero es lo que siempre ocurre, según informa una y otra vez la policía. El mayor porcentaje de extorsiones  y secuestros son ejecutados por familiares y conocidos cercanos a la víctima.

Se me cruzaban muchos pensamientos por la cabeza. Muchas más preguntas. ¿De cuánto era la extorsión? Él me respondió que no cogieron ninguna plata porque, me recuerda, el autor intelectual fue cogido en el hecho y que, cuando se vio cogido, denunció a sus dos cómplices. Ahora pregunto por su esposa y la hija de la foto. “Él está separado, pero se habla con ella. Cumplió los 31 años allá. Esto ha sido muy duro para mi esposa y para mí. Cada año sin falta le comprábamos una torta. La navidad y el fin de año fueron horribles”.  En realidad la cara de sufrimiento del taxista era notoria. “¿Cuál es su situación ahora?”, le pregunto. “Esperar una nueva audiencia que no se sabe para cuándo será, pero ya está el traslado para la Modelo. Yo ya leí el oficio”.

Eso significaba que ya había sido juzgado y sentenciado, es decir, comprobado su participación. Él me asegura que no, y me unas razones algo confusas. Me cuenta que, aunque no tienen pruebas contundentes ni rastros de las llamadas, el abogado les dijo que era mejor declararse culpable para optar por una rebaja en la pena del 75%, y a pasar de 15 años de cárcel a cuatro. “¿Y su hijo qué piensa de todo esto?”, le digo, y el taxista me suelta otras frases que demuestran su amor (enceguecido, natural) de padre: “¿Qué cómo esta? Mire, cuando uno tiene un muchacho bien “cagada” (indisciplinado), que uno ve que desde pequeño hace sus fechorías y coge la calle, uno solo espera el momento que lo llame la policía a avisarle que a su hijo lo cogieron haciendo quién sabe qué. Yo a mi hijo le di estudio, es tecnólogo en administración, claro que nunca pudo ejercer. Salió hace poco y por ahí le ofrecieron un trabajo de seiscientos mil pesos, imagínese. Eso no le alcanzaba  para él y la hija, entonces se puso a manejar taxi”. Mi mente procesa rápido lo último que me cuenta y lo primero que se me viene a la mente, con el perdón del amable señor, es que su hijo era taxista y participaba en una extorsión. Probablemente la necesidad, la ambición, o ambas, lo llevaron a eso, pero en todo caso no dejaba de ser un delito, un reflejo de la ignorancia del país, de la verdadera falta preparación profesional y mental.

El taxista continúa. “Eso allá es horrible. Él está muy mal. En un espacio, haga de cuenta como un garaje para meter este carro, ahí están metidos unos 20 presos, donde hay violadores y asesinos. Esos son sus compañeros de celda. El cuarto es oscuro y solo reciben luz los domingos, día de las visitas, que son solo de una hora o menos. A mi me da mucho pesar verlo. En semana solo come cosas de paquete, papitas fritas y esas cosas. La comida de allá es fea. Los domingos le llevamos buena comida y le alcanza para la noche y el siguiente día. El resto le toca aguantar”.

Le digo que he de imaginar cómo toda esa situación debió haber trastocado la vida de él y de paso la sus padres. Me dice: “Usted no sabe lo endeudado que estoy. Este taxi no es mío. Yo no tengo casa propia. Me ha tocado pedir prestado para pagarle a mi hijo dos abogados. El primero me robó dos millones, por mi ignorancia sobre el tema. ¿Ya qué más puedo hacer? Me han dicho que con 100 millones resuelvo el asunto, pago a fiscales y todo el mundo, y saco a mi hijo de la cárcel. Pero no tengo plata. ¡Así es en este país, con plata todo se puede! Yo solo tengo dos millones y con eso, si los llego a ofrecer, me meten a la cárcel a mi por soborno, porque ahí sí, esa cifra es delito. Todo esto me tiene quebrado, cansado. Este taxi lo voy a entregar, no me da. Yo debo entregar 130 mil pesos de producido y el resto es para mí, pero con tanta vuelta que debo hacer, no hago mi diario. Me voy a poner a vender esto, vea (me muestra una cajita donde tiene anillos y otros productos de fantasía)”. “¿Y esto le alcanzará para sus necesidades?”. Le pregunto atrevidamente. “Pues por lo menos todo lo que venda es para mi, así sea algo de 5 mil pesos”,  me contesta.

He llegado a mi destino y deseo al hombre que todo se resuelva, que su hijo debe pagar por su error y aprender de el. No me dice nada. Cuando me entrega la devuelta, finalmente se despide diciéndome: “Sumercé, ¿Me hace un favor? ¿Puede rezar para que mi chinito salga de todo esto?  Yo si rezo mucho. Me conecto con un ser superior a diario y me gusta pedir por los demás. Ya he pedido por él, por el taxista, para que tenga paz y recupere la tranquilidad que un día le fue arrebatada por una irresponsabilidad de su hijo. Realmente se veía muy perturbado. El resto del asunto no le pertenece a la gracia divina.

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