Historia de un taxista: trabajo por convicción

Cada vez se me hace más difícil encontrar un taxista que trabaje en Bogotá con verdadero agrado. Que a pesar del caos y toda la congestión, sepa amoldarse a la situación y ofrezca un servicio respetuoso y cálido. A muchos les gana la ciudad y su gente.

Muchos están ahí porque han perdido su trabajo o porque han tenido accidentes en las poco decentes carreteras del país cuando trabajaban como camioneros. Muchos no tienen carro propio, por lo que deben cumplir un horario y pagar una cuota diaria, “el producido”.

New York City Taxi Fares Rise

Muchos taxistas hacen parte del oficio porque en últimas no hay más, y cuando se hace un oficio solo por el dinero, el trabajo regularmente no se hace bien. He sido víctima de maltratos, que me lleven a más de 80 kilómetros, que atraviesen huecos sin dudar un poco, que me mareen por tanta conducción en zig-zag, que crucen en zonas prohibidas, que pregunten para dónde va, que me cobren con taxímetro adulterado, que conduzcan mientras hablan por celular sin manos libres y hasta que me echen piropos vulgares.

Pierde uno la esperanza de encontrar a un taxista respetuoso y buen conversador, pero esta historia prueba que aún los hay, que aún quedan taxistas que trabajan por convicción a su oficio. Eso sí, mi cordura (o pesimismo para el resto de mortales) también me advierte que los que quedan como el siguiente caso son pocos. Finalmente cuando revisas pequeños casos, sea del tema que sea, te das cuenta que son una muestra a menor escala de lo que se refleja en el resto de la sociedad.

El señor Humberto trabaja como taxista hace 20 años y vive en Suesca. Seis de los siete días a la semana se traslada a Bogotá para trabajar en la ciudad. Tiene claro dos cosas: que la capital es la ciudad más poblada de Colombia y que por tanto hay más trancones, sí, pero más opciones para trabajar, y que en Suesca, es oriundo de allá, encuentra el lugar perfecto para vivir. Me habla de lo sano que es el lugar para “levantar” (criar) a sus dos hijos (ambos en primaria), y de las montañas y el aire puro que puede respirar. Mientras me describe su vida,  yo me hago una imagen propia mental: una casa blanca, amplias zonas verdes, vacas, perros, gallinas, frutas, cultivo de hortalizas y muchos árboles de eucalipto. ¡Eso sí que es vida! No me es difícil comprender su decisión de vivir en un pueblo.

Por esa última y muy poderosa razón prefiere todos los días desplazarse a la gran ciudad. Su rutina es así: su turno es de 6 de la mañana a 8 de la noche, “turno largo” como ellos lo llaman. Para ello debe levantarse a todos los días a las 4 de la mañana y a su casa retorna tipo 10 de la noche, si el bus no lo deja.

El taxi lo parquea en el norte, antes de la última estación de la 170. Allí entrega el producido y toma el transmilenio hasta el portal del norte, para luego tomar el transporta municipal. Necesita ya de entrada sacar a diario 15.000 mil pesos para sus desplazamientos. Su rutina no cambia, así sea época de temporada alta como lo es navidad. Labora incluso el 31 de diciembre y en ese mismo estricto horario. Solo se toma unos días a inicios de cada enero. Claro, teniéndose que desplazar a las afueras de la ciudad, debe trabajar con cronómetro. Durante toda su conversación, no deja escapar queja alguna, no se hace la víctima, no dice que gana poco o nada, o que no le rinde. Repito, es un taxista por convicción.

Debido a que vive a las afueras de Bogotá, es uno de los taxistas que si ya le va llegando la hora de terminar, se ve obligado a preguntar al cliente hacia dónde se dirige, o decidir irse vacío al punto donde guarda el auto. Por esa práctica me cuenta que ha recibido muchos insultos. A ese punto le digo que yo no insulto, pero si un taxista me pregunta, así le sirva mi ruta, prefiero no montarme, porque ya de antemano sé que va de afán, que si puede se atravesará semáforos en rojos, echará “pito” todo el recorrido y manejará a “full gas”.  Escuchando su perspectiva es fácil comprender su caso y justifica la pregunta que tanto nos molesta a los usuarios. Me cuenta además que cuando no logra estar en la terminal a la hora exacta, se le pasa el bus, lo que implica llegar a su casa a las 11 o 12 de la noche, restándole horas de descanso.

Desde hace un tiempo maneja un taxi que no es propio, por lo que el dinero que le queda es más poco. Aún así, es un taxista bastante tranquilo, conoce la ciudad bastante bien, a su gente y sus deterioradas vías. Parece moverse con paciencia, usa un buen lenguaje y se viste apropiadamente, esto es, con respeto a su trabajo y los clientes. Es realmente un taxista que trabaja por convicción. Ya suma 20 años al volante y 20 años de desplazamiento diario entre Suesca y Bogotá.

Si lo llegan a tomar, les aseguro que su recorrido será, por lo menos tranquilo, y si entran en diálogos con él será placentero.

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